Era tan alto, tan alto que no tenía sien, sino mil.
 
  Era tan despistado, tan despistado que se paso dos horas frente al espejo pensando de qué le sonaba esa cara.
 
  Era una casa con un pasillo tan largo, tan largo que sacaban la sopa hirviendo en la cocina y llegaba fría al comedor.
 
  Era tan pequeña, tan pequeña que en vez de dar a luz daba chispitas.
 
    Era tan malo, tan malo que se daba miedo a sí mismo.